Este texto está colgado en un foro de internet. Lo escribió una amiga mía, y como ambas conocemos al protagonista y me viene que ni pintado para lo que quiero decir, lo he tomado prestado (con su permiso, por supuesto).
Pasé un verano trabajando en un bar, que era frecuentado por lo que se conoce como “gente guapa”. En general, eran personas de la aristocracia (aunque tirando a la baja) española, y gente que por apellido o por dinero se movía entre ellos. También de vez en cuando veías algún escritor, político, juez, actor o torero de moda.
Trabajando allí, me di cuenta que la mayoría de la alta alcurnia española no tiene un duro, y como norma general, se las arreglan para sortear elegantemente el pago de cuanto “Dry martini” se hubieran metido entre pecho y espalda. De hecho, la mayor parte de tarjetas de crédito que vi, se las habían olvidado en el cuarto de baño.
Puedo decir que aprendí mucho de la vida aquel verano. Entre los que frecuentaban el local, había algunos, por contactos, por apellido o por trabajo, bastante poderosos. A esos generalmente se les exigía muy poco para ser el centro de cualquier reunión. Estar al lado de un triunfador, es una manera de que te inviten a las fiestas y eventos más apetecibles, de donde suelen salir oportunidades de negocio importantes.
Que la gente se acercara a los poderosos, no me extrañó en ningún momento. Para mantener un apellido ilustre, hace falta dinero y pasearse por los lugares adecuados, relacionarlo con otros apellidos ilustres.
Pero había otra manera de rentabilizar un apellido, y ahí es donde vi claro que al final lo que mueve el mundo, por lo menos ese mundo, es el dinero. No es que no lo supiera antes, pero aún no lo había visto tan de cerca y de forma tan evidente.
Mi abuelo, que durante 20 años fue arquitecto municipal, contaba siempre que una vez le invitaron a
En una ocasión, en este mismo bar, dio la casualidad de que en el aperitivo se juntaron varios famosos expresidiarios, que habían defraudado unas cantidades considerables a hacienda.
“Esto parece hoy el patio de Alcalá-Meco” me dijo la dueña del local por lo bajo, que tenía mucha gracia y bastante mala baba hablando. Pero lo curioso es que estos expresidiarios, anteriormente a “su pelotazo”, eran clientes habituales, y pasaban sin pena ni gloria. Uno incluso tenía el dudoso honor de llevar el apellido correspondiente a una de las familias más pesadas del lugar. Pues aquel día, parecía que no podía haber nadie más interesante, ni los Rolling Stones hubieran levantado tanta admiración.
Todos los años, y ese verano no iba a ser distinto, aparecía alguien nuevo en el grupo social que se había creado al álbur de esa barra. Podía venir con su apellido excelso y su ramillete de logros sociales, y era aceptado o no, en función de lo que pudiera aportar. Pero en general, en mayor o menor medida, se le aceptaba si acataba las extrañas normas de convivencia del lugar, más extrañas aún en el mes de Agosto.
Otras veces, el recién llegado, era lo que se suele llamar, un nuevo rico. El nuevo rico era aceptado si conseguía el beneplácito de un poderoso, aunque normalmente se reían de él a sus espaldas. El nuevo rico, podía incluso ponerse de moda como personaje social ese verano, si se le veía muy pródigo a la hora de abrir la cartera en la barra.
Ese fue el caso del nuevo rico de aquel verano. Y era un nuevo rico de libro. De los que no tenía ni idea de jugar al golf y levantaba unas chuletas de espanto en el campo, pero llevaba un carro con palos que ni Tiger Woods puede permitirse, eso si, con las etiquetas del corte inglés colgando con el precio puesto aún en los hierros. Era un nuevo rico, de los que para andar diez minutos por el campo, se disfrazan como para escalar el K-2, de los que sube a esquíar pertrechado de Armani de arriba a abajo y no hace más que bajarse pistas de culo, de los que se le van cayendo los fajos de billetes por el camino mientras va tirando bellotas.
En poco tiempo, era igual de asombroso el corro de aduladores que tenía, que los chistes y risas que podían hacer a sus espaldas. Ese verano le invitaron a todos los eventos, tomó una copa en todas las casas y todos se prestaron a enseñarle a jugar al golf, aunque sólo fuera para contar luego de primera mano las chuletas de césped que levantaba y lo ridículo de su indumentaria. A su vez él dio alguna de las mejores fiestas que se habían dado allí desde hacía años. Fue el nuevo rico de moda no del verano, sino del año. Pagaba cuentas de decenas de miles de pesetas en la barra a diario. Le estaban sacando pasta hasta aburrir, y el otro estaba tan feliz y despreocupado.
No diré que el personaje no era cómico, porque lo era. Y los chistes, que podían resultar crueles, eran sin embargo bastante certeros con la ridiculez de la que hacía gala. El que no se diera cuenta de nada, a mi me parecía increíble, ¡lo que hace el poder de la adulación!
Pero observando desde mi posición privilegiada empecé a pensar que este tío no tenía esa cantidad de pasta a base trabajo duro. Pocos abogados amasan la cifra que la rumorología le atribuía, quitando firmas contadas, y su apellido no estaba entre esas firmas ni por asomo. Y que para ser tan tonto como aparentaba, hacía cosas sorprendentemente inteligentes.
Uno de los problemas de este bar, situado en un lugar de veraneo, es la mala relación de sus paisanos con los veraneantes. Hay cerca un cuartel de la guardia civil, que como es natural, suele favorecer a los paisanos, puesto que conviven con ellos todo el año y ven juntos los partidos del domingo, juegan al dominó y sus hijos comparten colegio. La benemérita local, es bastante dura con los veraneantes en cuanto a horarios de locales y fiestas privadas, poniendo multas a diestro y siniestro. Siempre el verano termina con trifulcas entre unos y otros, que acaban con alguien en el cuartelillo, algún ojo morado, y una fiesta que se acaba antes de tiempo.
Cuando este tío dio su fiesta, (digna de salir en el Hola!) al primero que invitó personalmente, y con mucha ceremonia, fue al sargento (en realidad al que mandaba en el cuartel, no recuerdo su rango) de la guardia civil. Pudo celebrar la fiesta en el jardín de su casa, concierto en vivo incluido, en medio de la localidad y hasta la hora que le dio la gana. La guardia civil patrulló la zona para que no hubiese ningún problema y no hubo ninguna denuncia ni por ruido, ni por mala hostia de algún paisano. La primera vez en la historia del pueblo que nadie ha intentando, con razón o sin ella, aguar la fiesta de un veraneante.
Pero es que además empezó a reducir su círculo social, a aquellos que más le podía interesar. Se había enterado de quién tenía dinero y quién no, quién tenía fincas, quién influencia, quién era propenso a meterse en negocios absurdos, quién era un fantasma, quién tenía aspiraciones políticas, quien era el heredero típico que hunde la empresa familiar a los seis meses de heredarla...
Se había ganado el respeto, por otro lado, de guardas forestales, agricultores, dueños de restaurantes, constructores y trabajadores de todos los ámbitos del pueblo. Si iba a coger setas, uno del pueblo le decía dónde encontrarlas, si quería pescar, le llevaban hasta el mejor sitio de todo el río, como si fuera el mismísimo Franco. Tenía la mejor mesa reservada en cualquier restaurante del pueblo y los alrededores.
Hay una forma de hacerse rico, a base de mucho trabajo. Por ejemplo, levantarse a las 4 de la mañana, estar el primero en Mercamadrid y trabajar de sol a sol sin gastar más que lo necesario.
Pero existe otra manera de juntarse con una fortuna: hay un dinero que está en el ambiente, que vuela esperando que alguien lo vea y se lo quede. Puede ser de forma legal o ilegal, eso ya depende de la moral de cada uno. Si una finca vale 1.000.000 euros y se vende, ese dinero durante un tiempo desde que llega del punto A al B, o del vendedor al comprador, se mueve por una especie de tierra de nadie. No digamos si el punto A y el punto B pertenecen a distintos países o necesitan algún tipo de tratamiento o elaboración. Entonces ese dinero-ambiente se mueve por varios caminos, y las posibilidades del cazador de oportunidades se multiplican.
Hay gente que ha aprendido a localizar ese dinero que está en tierra de nadie, ese dinero latente ¡pero cuidado!, no está al alcance de cualquiera. Hay que valer, hay que tener un corazón y una cabeza muy fríos, saber esperar, arriesgar y ser muy astuto. Y que te compense meterte en esos berenjenales. Ahí es donde sitúo yo a mi nuevo rico. En los que saben localizar y obtener ese dinero que vuela por el aire.
No hay ninguna moraleja al final de esta historia, no se si hay malos o buenos, ni sé como acaba. Pero creo que puedo imaginármelo. La recurrente historia del burlador burlado. Los ilustres muertos de hambre haciendo chistes a su costa, sacándole copas, alimentando su ego y su orgullo a costa de la comicidad del pavo, mientras él nuevo rico hacía como que no se daba cuenta. Así accedía de manera legal a una información más que privilegiada, que seguramente ni una consultora le hubiera podido proporcionar de forma tan exacta.
Más allá de aprender que el dinero mueve el mundo y hasta los corazones, me di cuenta que el orgullo suele ser un obstáculo inútil para conseguir cualquier objetivo. Y que para conseguir “el dinero que vuela”, hay que obtener información del punto A y B, pero lo fundamental es meterte en el bolsillo a todo el que, casi invisible, espera entre los dos puntos A y B. Y que para que una fiesta te salga redonda, no se trata sólo de invitar a alguien que la enriquezca con su presencia, sino que es más importante invitar al que te la puede joder en un momento dado si no le tenemos cogido por los huevos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario